Una cosecha desafiante e inolvidable – Wines of Argentina

Las puertas de casi todas las bodegas ya están cerradas. No quedan racimos que cosechar a lo ancho y largo de la Argentina –con la excepción del sur profundo, en Chubut– y la mitad de todo el vino del año está ya descubado. Nada está fuera de lugar en esta postal a no ser por un único dato: la fecha.

Estamos a principios de mayo y este cuadro suele darse bien entrado el mes para la Argentina. Es que la temporada 2019-2020 no ha sido normal. Y si algo la describe brevemente es su carácter desafiante para los productores de vino.

Por dos motivos claros. Uno, ningún técnico entre los consultados recuerda haber vivido una vendimia así de anticipada, así de especial. Dos, nadie antes lo ha hecho en el marco de una pandemia como la crisis que supone el COVID-19. Así, la imagen de las bodegas ya en la calma bucólica de las tareas post vendimia es un completo alivio.

En buena parte de la Argentina, los equipos técnicos tuvieron que resolver verdaderos puzzles logísticos para moler en dos meses lo que normalmente procesan en cuatro. La razón para esta carrera contra el tiempo, que en el marco de la pandemia fue una suerte, hay que buscarla en los registros climáticos. Como este mismo reporte da cuenta más adelante, el ciclo 2019-2020 tiene suficientes rasgos atípicos como para entrar en el hall of fame de las vendimias memorables.

Pero si hay un par de datos por los que conviene empezar a desmenuzar la serie de factores que la vuelven tan especial son los del calor y la falta de agua. En términos generales –después veremos cada terroir en particular– la vendimia que llega a su fin se caracteriza en el grueso de las regiones productoras –Mendoza, San Juan y Patagonia Norte– por un verano caliente y seco que trastocó las variables de madurez.

Para una estación meteorológica ubicada en Ugarteche, Luján de Cuyo, por ejemplo, diciembre, enero, febrero y marzo ofrecieron registros con temperaturas máximas promedio superiores a la media. Pero si el dato podría parecer aislado, resulta todo lo contrario.

Con la excepción del Valle Calchaquí y algunos otros puntos elevados en la geografía, todos los registros cuentan la misma historia de picos cálidos. De hecho, se contabilizaron en la zona norte de Mendoza hasta cinco semanas de olas de calor con temperaturas superiores a 32°C. A esta situación hay que sumarle dos factores extras. Por un lado, las heladas en Patagonia, San Juan y Mendoza, que empujaron la producción a la baja. Por otro, que la restricción hídrica a la que se vieron sometidos los viñedos también adelantó la madurez.

Todos esos elementos –calor, caída de rendimientos y falta de agua– anticiparon la vendimia entre 2 y 4 semanas, según los lugares. El desafío fue cosechar e ingresar las uvas a las bodegas a velocidad récord, al tiempo que adaptar las vinificaciones a uvas cuyo comportamiento estuvo fuera de los manuales: una rara combinación de madurez azucarina rápida y fenólica en sintonía, que conservó una acidez natural soñada, en particular para los tintos cosechados en su punto justo. En todo caso, una realidad sobrevuela esta vendimia: los equipos técnicos debieron interpretarla con claridad para no caer presos de preconceptos y fallar en la lectura de madurez.

Con el diario del lunes, como se dice, quedará muy claro. MENOS ES MÁS: EL VOLUMEN COSECHADO Acumulado a la semana 22, con fecha 26 de abril, el último parte disponible del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) reporta 2.036,8 millones de kilos de uva cosechada y procesada: un monto que, comparado con el resto de la década, está por debajo del promedio para la misma semana, que asciende a 2618,7 millones de kilos.

La merma, en consecuencia, trepa al 23%. Las razones para esta caída hay que buscarlas en tres factores: El efecto invisible de las heladas Si aún es prematuro para saber qué región o variedad fue la más afectada, no lo es para establecer algunas variables que marcaron esta cosecha y que explican la merma. Como dice la cueca, “lo mucho es poco, lo poco es mucho, todo depende de las heladas”: la razón para que este año haya una caída en la producción se debió a fenómenos de frío en el invierno y en la primavera. Principalmente se produjeron en el Valle de Uco y en la Patagonia norte.

Allí hubo eventos de heladas cercanos a la brotación -en particular en septiembre, con temperaturas de entre -9,1°C en Paraje Altamira, Valle de Uco, y -11°C en San Patricio del Chañar, que generaron pérdidas de yemas ya en estado algodón. Pero además el 17 sucedió una helada bastante generalizada, que afectó Valle de Uco,

Primera Zona y el este de Mendoza, como también Pedernal y el llano en San Juan, y Patagonia, con registros de -1°C que impactaron en los brotes. En consecuencia, el rendimiento fue menor. Las heladas –en conjunto y para la provincia de Mendoza, donde hay datos disponibles– afectaron un total de 9630 hectáreas, de las que 2490 sufrieron daño total. Pocas tormentas Los eventos por granizo estuvieron dentro de lo normal para la región.

Sorprendió, en todo caso, la frecuencia y la fecha con la que azotaron el Valle Calchaquí y Gualtallary, en Tupungato, donde dos y cuatro mangas de piedra, respectivamente, barrieron buena parte de ambas regiones cualitativas. En total, y sólo para Mendoza, donde hay datos disponibles, el granizo barrió 7007 hectáreas al 100% y dejó unas 15.553 con algún tipo de daño significativo, según consigna la Dirección de Agricultura Contingencia Climática de la provincia.

Emergencia hídrica En cuanto a las precipitaciones, el año fue particularmente seco en medio de una emergencia hídrica que azota a buena parte del oeste argentino. No sólo se registraron las nevadas más bajas de los últimos 20 años para Mendoza, cuyos ríos estuvieron en un 50% del caudal histórico (11% menos que la temporada pasada), sino que además las precipitaciones en general fueron escasas, mientras que en Patagonia Norte los valores estuvieron dentro de los estándares.

Si tomamos el caso de Mendoza con sus cuatro oasis, las lluvias en general durante el ciclo mermaron un 50% con respecto al promedio (113 mm contra 252). En ese contexto, el agua de riego fue un bien preciado que no siempre llegó puntual y, particularmente en el este de Mendoza, la escasez se hizo sentir, principalmente en el peso de los racimos.

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